¡Nueva modalidad de extorsión!


Nación
martes 14 de marzo de 2023

colprensa


Esto le sucedió a un reconocido arquitecto de Boyacá, quien fue víctima de un secuestro extorsivo, por una llamada.


En Colombia existen infinidad de modalidades de robo. Todas estas formas se han desarrollado y han crecido dentro de nuestra sociedad, haciéndose cada vez más fuertes y más difíciles de controlar por parte de los entes que nos protegen de la delincuencia.

Estos casos criminales son más comunes en las grandes ciudades: Bogotá, Medellín, Cali, Santa Marta y Cartagena, pero hasta el momento, no había sucedido en Tunja.
Este es el relato de un reconocido arquitecto de Tunja, al cual le estamos protegiendo su identidad, por ello usaremos el nombre de “Alberto”. Él fue secuestrado, extorsionado y despojado de sus pertenencias por parte de un grupo criminal, hasta ahora no identificado por las autoridades.

Alberto es un reconocido arquitecto del departamento de Boyacá que trabaja de forma independiente. Su labor es hacer visitas a otros municipios, fincas y veredas donde lo llaman, para cotizar o negociar alguna construcción, planos, restauración, investigación o cualquier oficio referente a su profesión.

A si pues, los días de la última semana de febrero, Alberto recibió varias llamadas, las hacia un señor que, por su ‘color’ de voz, aparentaba ser un hombre mayor, y que se presentó con el nombre de Carlos, “Don Carlos”. La humildad y la amabilidad de ese señor, que, hacia las llamadas, no percató al arquitecto de que algo no estaba bien, sin embargo “tuve una pequeña mala espina y me hice el pendejo un par de días para atender al llamado del tal don Carlos” relató Alberto en entrevista exclusiva para Boyacá Radio.

El martes 28 de febrero a las 9 a.m., finalmente quedaron de encontrarse y como lo habían pactado, Alberto emprendió el viaje hacia la ubicación que “don Carlos” le dio: Kilometro 2 entre la vía que conduce de Duitama a Charalá.

Al llegar, según el relato de la víctima, en la puerta de una casa “medio abandonada” estaba un señor que le decía que entrara, que siguiera. Alberto, al ver que no estaba “don Carlos”, empezó a sospechar que algo malo le iba a suceder, por lo que intentó irse. Pero cuando intentó dar la vuelta para subirse de nuevo a su carro, ya estaba rodeado de tres personas armadas con un revolver y machetes.

Inmediatamente le amarraron las manos y los pies, lo sentaron en una esquina y con aparente calma le dijeron que estaba siendo retenido por el clan del Tren de Aragua (organización criminal que opera en Bogotá) y que, si no quería que lo mataran, le cortaran una oreja o alguna otra extremidad tenía que pasar el dinero de sus cuentas bancarias a una cuenta. Y efectivamente, por miedo, Alberto transfirió más de 26 millones.

No conformes con lo que ya habían robado y cambiando el discurso, ideológico, le dicen que ellos pertenecen a la guerrilla del ELN y que, como siguiente paso de la retención, él tenía que enviar a su familia algunos videos pidiendo la suma de 60 millones de pesos por su liberación con vida.

“Me grabaron con mi celular mientras estaba amarrado, me hicieron hacer dos o tres vídeos, obligándome a decir lo que ellos querían. En ese momento pensé en mis hijos, fue una situación donde vi la muerte de cerca, si mi familia no les mandaba 60 millones antes de que terminara la tarde, me iban a matar”
“Gracias a Dios mi familia esperó e hizo caso omiso de ese video, hasta no saber en concreto que era lo que me estaba sucediendo”, recordó Alberto, ya después de este episodio.

“A mí me retienen desde las 9 de la mañana, primero me ubicaron en un punto de la casa que no recuerdo cual era. Al medio día, me cambian de lugar porque al parecer no era yo el único engañado, esos tipos estaban esperando a alguien más, tal vez por esa razón me alejaron del primer punto y me pusieron unos metros más allá, atado a un árbol”.

El tiempo transcurrió y se llegó el fin del día, “A eso de las 5 de la tarde, tal vez, al ver que ya no habían recibido los 60 millones que le pedían a mi familia, y de ver que empezaba a anochecer decidieron irse, pero antes, se cercioraron de que yo estuviese bien amarrado y me dieron dos pastillas, no sé de qué, las cuales, gracias a Dios, en el primer momento no hicieron efecto”.

Luego de haberle obligado a tomar las dos pastillas, finalmente los hombres se fueron.
“Al cabo de un rato, yo siento que los hombres ya no están, no se escuchaba nada, tan solo la brisa terrorífica que acompañaba mi ocasión. Yo tenía mordazas en la boca, pies y manos. El miedo que sentía por todo el cuerpo se volvía lentamente esperanzador y mis ganas de sobrevivir y escaparme me hicieron empezar a tratar de soltarme.
“Mediante la fricción y en medio de la angustia que sentía de no saber si mis captores ya se habían ido del todo o no, empecé a mover mi píe. Después de varios intentos lo logré sacar de la abrazadera, trataba de mantener la calma y entonces dirigí mi mirada, que para ese momento, ya empezaba a ponerse un poco confusa y pude ver como dos tipos corrían a lo lejos. Estaban huyendo, me llené más de esperanza y eso me dio las ultimas fuerzas para acabar de soltarme y fue así como finalmente logré liberarme”.

Alberto corrió en busca de ayuda y se encontró con que su carro estaba a unos metros más adelante estrellado.
“Tal vez los tipos no sabían manejar y lo que hicieron fue estrellarlo” recordó Alberto con cara de frustración.
Finalmente encontró en la carretera unos obreros que pertenecían a la construcción de la vía Duitama – Charalá. Para ese momento, su estado era de somnolencia y poca coordinación.

“Los trabajadores llamaron a la policía y esta me auxilió entre comillas, ya que no sé qué pensarían sobre mi estado en ese preciso momento. Yo no podía hablar, sentía la lengua inflamada y no me salían las palabras. Para acabar de completar, en el transcurso de donde me recogieron, hasta el hospital de Duitama, uno de los uniformados que me llevaba en el carro policial, usó en repetidas ocasiones un taser en mi a espalda y en mí costado, proporcionándome fuertes choques eléctricos, según ellos con el fin de mantenerme despierto”
Alberto fue llevado al hospital de Duitama, donde llegó inconsciente y tuvieron que pasarlo a sala de reanimación, lugar donde se reestableció y finalmente fue encontrado por sus familiares.

Esto le sucedió y fue denunciado por un ciudadano nativo del departamento de Boyacá, donde, según las estadísticas de la Policía Nacional, tenemos la tasa más baja de inseguridad. Sin embargo, ese día, con el caso de Alberto y otros más que muy seguramente no han sido denunciados o no han sido atendidos, se levanta un precedente sobre la seguridad departamental. Además, queda la duda de si existe el surgimiento de grupos armados al margen de la ley en Boyacá.

Estas nuevas modalidades de extorsión mediante el secuestro, las llamadas telefónicas en las que se hacen pasar por seres queridos que están en aprietos y necesitan dinero, los fraudes, los paseos millonarios, el cosquilleo y muchas otras más, ya no son historia solamente de otras ciudades, ni podemos decir que ese tipo de situaciones pasan lejos de las latitudes boyacenses. Como vemos, también están presentes en Tunja y dentro del departamento de Boyacá.


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