Crónica: los viejos cuadernos, la tiza y el salón


Opinión
viernes 18 de octubre de 2019

Tomada de el País


En la educación de los años 60 y 70 no existía ninguna ayuda tecnológica ni para los estudiantes ni para los profesores, todo era a base de cuadernos, libros y bolígrafo.


Por Orlando García Moreno.


Recuerdo que en mis tiempos de colegio –hace ya muchísimos años- los cuadernos de entonces eran muy sencillos, no tenían tapa dura, tampoco fotografías a color de artistas o modelos y los había de diferente pagínale: de 20, 50 o 100 hojas. Las portadas eran de un color café claro y solamente traían la marca del fabricante, que para esos años, la mas importante era una llamada “Norma”.

Había dos clases de cuadernos: unos que eran grapados, con paginas un poco amarillentas, porque los fabricaban con papel reciclados; había otros mas finos, que eran argollados y de color blanco.

Todos traían en la parte interna de la portada el cuadro donde al alumno lo llenaba con el respectivo horario que se vería a lo largo del año: Estaba graficado para que fuera muy simple: allí se consignaba las horas de cada clase, la materia, la salida a los recreos y se podía consultar fácilmente.

En las noches después de haber hecho las tareas que le dejaban a uno en la respectiva materia, se alistaban los cuadernos y los libros que debía llevar al colegio, tras consultar el horario de clases.

Generalmente uno tenia un cuaderno para cada asignatura. Para matemáticas y geometría, se utilizaba un cuaderno cuadriculado, mientras que para las demás materias, se usaban los cuadernos rayados.

También para cada una de las materias a ver en el año, había un libro que se pasaba de generación en generación, eran para consulta, no para llenarlos como ocurriría a partir de la década de los 80, cuando los libros se volvieron desechables. Ese fue un gran negocio ideado por las grandes empresas editoriales, porque obligaban a los padres a adquirir esos nuevos libros cada año.

Ahora los cuadernos poco se utilizan ya que los alumnos tienen su celular con Internet y otras herramientas, por lo que en lugar de tomar apuntes, como nos tocaba a nosotros, hasta graban las clases y allí queda consignado lo que el maestro explica en el tablero.

Y a propósito de tablero, en nuestros años de colegio, estos consistían en un pedazo de pared que era pintado de verde, en la parte frontal del salón y se le anexaba en la parte inferior, una especie de cajita, a todo lo largo del mismo, para que los sobrantes de la tiza no cayeran al piso.

Sí, es que en esos años se utilizaba una tiza blanca para que el profesor explicara los temas de su materia. Llenaba el tablero con lo visto en la clase y al final de la hora, alguien acomedido (o sapo que llamábamos) se encargaba de limpiarlo, con una almohadilla que existía para ese exclusivo propósito y dejarlo listo para la siguiente hora de clase que era con un maestro distinto. Hoy en día esos tableros de tiza ya no existen, ahora son de acrílico y en lugar de la legendaria tiza se usan marcadores de diferentes colores.

Tanto el escritorio del maestro, como el tablero, estaban ubicados sobre una tarima, generalmente de madera, de aproximadamente a unos 30 centímetros del suelo del salón, pues desde esas altura el profesor podía controlar perfectamente lo que ocurría dentro del aula y además para que los estudiantes no tuvieran incomodidades para ver todo el tablero.

Había clases que eran tan aburridoras, que uno solamente esperaba que sonara el timbre para salir corriendo, escalaras abajo para el patio, donde la camaradería y el macato, eran lo más importante.

En los colegios mixtos, como el Silvino Rodríguez, se aprovechaban los recreos para coquetear con las lindas chicas de entonces. Y surgían romances que eran muy comentados entre los compañeros de clase.

Inclusive muchos de esos romances colegiales, terminaron en relaciones largas y hasta en matrimonios y hoy son felices abuelos que rememoran aquellos tiempos bellos, donde todo era solo felicidad.






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